Durante décadas, América Latina fue el laboratorio favorito de los grandes experimentos económicos y políticos. Dictaduras, privatizaciones masivas, ajustes estructurales, tratados de libre comercio y promesas de prosperidad infinita desfilaron por el continente como vendedores ambulantes de soluciones milagrosas. Hoy parece que ha llegado una nueva mercancía política: el llamado "modelo Bukele".
La fórmula es aparentemente sencilla. Se presenta un líder fuerte, joven, hiperactivo en redes sociales y dispuesto a enfrentarse a todos los poderes tradicionales. Se promete seguridad inmediata, orden social y una guerra sin cuartel contra la delincuencia. Los problemas complejos de una nación se reducen a consignas simples, fácilmente convertibles en vídeos virales de treinta segundos.
Y el público aplaude.
Porque la inseguridad existe. Porque la corrupción existe. Porque la ineficacia de muchas élites políticas latinoamericanas ha sido escandalosa. Pero precisamente en los momentos de desesperación es cuando las sociedades corren el riesgo de confundir soluciones con espectáculos.
La extrema derecha contemporánea ha comprendido algo que las viejas dictaduras nunca entendieron: ya no es necesario prohibir la televisión. Basta con dominarla. Ya no hace falta censurar todas las voces. Es suficiente con inundar el espacio público con una narrativa tan poderosa que cualquier crítica pueda ser presentada como traición, complicidad con el crimen o defensa de los privilegios.
La paradoja es fascinante. Se habla constantemente de libertad mientras se concentran cada vez más poderes en menos manos. Se critica al Estado cuando regula la economía, pero se aplaude cuando el mismo Estado acumula capacidades extraordinarias de vigilancia y control social. El mercado debe ser libre, pero la política debe obedecer.
El neoliberalismo del siglo XXI parece haber descubierto una combinación particularmente rentable: libertad económica para los grandes capitales y autoridad creciente para los ciudadanos comunes. Menos controles para los mercados y más controles para las personas.
Naturalmente, Estados Unidos observa con interés. No porque exista necesariamente una conspiración secreta diseñada en algún despacho oscuro de Washington, sino porque históricamente las grandes potencias suelen preferir gobiernos previsibles, alineados con sus intereses estratégicos y capaces de garantizar estabilidad. La estabilidad, por supuesto, es una palabra elegante. Dependiendo de quién la pronuncie, puede significar prosperidad compartida o simplemente ausencia de protestas.
Mientras tanto, en muchos países latinoamericanos se empieza a escuchar la misma música. Los mismos discursos contra la "casta". Los mismos ataques a periodistas incómodos. Las mismas acusaciones contra jueces independientes. Los mismos llamamientos a la obediencia nacional en nombre de la seguridad y del patriotismo.
Cambian las banderas. Cambian los acentos. Cambian los nombres de los candidatos. Pero el guion resulta sospechosamente familiar.
Lo más inquietante no es la existencia de líderes autoritarios. América Latina ha conocido demasiados. Lo verdaderamente preocupante es la creciente disposición de sectores de la población a entregar libertades a cambio de promesas de eficacia.
La historia enseña una lección incómoda: los derechos que se sacrifican en tiempos de miedo rara vez se recuperan íntegramente cuando el miedo desaparece.
Quizá la pregunta no sea si el modelo Bukele puede exportarse al resto del continente.
La pregunta es cuánto están dispuestas a pagar las sociedades latinoamericanas por importarlo.
Porque la factura, como suele ocurrir, no siempre llega el primer día.
Tesalia Zeus
Katún (unidad maya), El estudio del tiempo en latitud
Katún (del maya: K'Atun ‘especie de veinte años’‘hun katún (veinte años Unidad de tiempo del calendario maya equivalente, según la versión más aceptada, a veinte años (en años —tunes— de 360 días), esto es, 7.200 días. A pesar de alguna discrepancia interpretativa, todos los mayistas están de acuerdo es que katún significa fin de periodo, cierre de periodo de tiempo, ya que k'al tun significa en lengua maya piedra que cierra. La piedra que cierra, solo oculta todo un campo de investigación, el tiempo y la forma en que lo medían los mayas, desde años concordaba con ellos en el periodo del katún, a nivel muy secundario dando así prioridad a otros tipos de cálculos donde realizar pronósticos y distintas observaciones. Ahora mas cerca del terreno que ubicaron y a solo 2.500 años de su aparición, le daré prioridad, de estas tierras brotaron, y sus cálculos andan fuera de toda duda. ¿Porque no? Trabajar con una herramienta autóctona, allá donde fueras…. >Una zona que tien...

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