Tenemos por delante unos años especialmente interesantes. O especialmente incómodos, según se mire. Porque son muchos los aspectos astrológicos que están coincidiendo en este periodo histórico, y uno de los más significativos es la entrada de Quirón en el signo de Tauro. Para quienes no estén familiarizados con el personaje, Quirón fue un centauro de la mitología griega. A diferencia de sus compañeros, más dados a la juerga, la persecución de ninfas y los excesos varios, Quirón era sabio, médico, maestro y sanador. Sin embargo, el destino tuvo uno de esos curiosos sentidos del humor que tanto parecen gustar a los dioses: siendo el mayor sanador de su tiempo, sufrió una herida que él mismo era incapaz de curar. Por eso, en astrología, Quirón representa nuestras heridas profundas, aquellas que intentamos evitar, esconder o maquillar, pero que terminan obligándonos a aprender algo sobre nosotros mismos. ¿Y qué sucede cuando este personaje entra en Tauro? Pues que la herida se traslada al territorio de la seguridad, el dinero, los recursos, el cuerpo físico, la alimentación, la propiedad, el valor personal y todo aquello que nos hace sentir estables en el mundo material. Traducido al lenguaje cotidiano: Quirón viene a preguntarnos si realmente poseemos las cosas o si son las cosas las que nos poseen a nosotros. Durante años veremos cómo muchas personas descubren que la seguridad que creían tener era más frágil de lo que imaginaban. Algunos perderán dinero. Otros descubrirán que tener dinero no les daba la tranquilidad que esperaban. Otros comprobarán que acumular bienes no les evitó sentirse vacíos. Y unos pocos afortunados aprenderán que el verdadero valor personal no depende del saldo bancario, del tamaño de la casa ni de la marca del coche. Naturalmente, la humanidad intentará evitar la lección por todos los medios posibles. Lo hará especulando, endeudándose, acumulando objetos que no necesita, buscando nuevas formas de riqueza instantánea y confiando en que la próxima aplicación, criptomoneda o producto milagroso resolverá todos sus problemas existenciales. Quirón observará pacientemente desde Tauro, tomando notas. Porque las heridas quironianas tienen una costumbre muy molesta: cuanto más se intentan ignorar, más insisten en hacerse visibles. Quizá el verdadero aprendizaje de este tránsito consista en descubrir cuánto valemos cuando nos quitan las etiquetas, las posesiones, las apariencias y las seguridades externas. Una propuesta poco popular para una civilización que ha convertido el consumo en religión y la ansiedad económica en deporte olímpico. En cualquier caso, Quirón ya ha entrado en Tauro. Y cuando el viejo centauro llama a la puerta, suele traer consigo exactamente la lección que nadie había pedido, pero que todos necesitamos. Tesalia Zeus.

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