El capitalismo se ha puesto interesante

El capitalismo se ha puesto interesante Hay dos hombres que, por razones muy distintas, han conseguido algo que no resulta sencillo en política: convertir la economía en un espectáculo. Uno gobierna Estados Unidos y parece haber decidido que la Casa Blanca puede funcionar también como una sala de negociación. El otro gobierna Argentina y se ha propuesto demostrar que un país puede intentar salir del agujero económico utilizando precisamente las recetas que durante décadas fueron consideradas políticamente imposibles. Donald Trump y Javier Milei tienen poco que ver entre sí. Uno procede del mundo de los negocios, la televisión y la política-espectáculo. El otro llegó a la política hablando como un economista enfadado que acabara de descubrir la factura de la luz del Estado. Pero ambos tienen algo en común: han decidido discutir las reglas del juego económico en voz alta. Y eso merece nuestra atención. Trump y la economía de la puerta Durante mucho tiempo las grandes empresas estadounidenses hicieron lo que hacen las grandes empresas en cualquier lugar del mundo: contratar abogados, consultores, lobbies y especialistas en relaciones institucionales para acercarse al poder. Era un sistema bastante sofisticado. El empresario ponía dinero, el político escuchaba, el lobby explicaba y, entre todos, procuraban mantener la ficción de que aquellas cuatro cosas no tenían absolutamente nada que ver entre sí. Trump parece haber simplificado considerablemente el procedimiento. ¿Por qué utilizar cinco intermediarios cuando se puede llamar directamente al presidente? La cuestión no es únicamente cuánto dinero consigue recaudar Trump. Lo verdaderamente interesante es que el propio presidente se haya convertido en una pieza central de esa relación entre las grandes empresas y el poder político. La política estadounidense siempre ha tenido una relación bastante estrecha con el dinero. Pero aquí aparece una diferencia importante: la relación parece adquirir un carácter mucho más personal y transaccional. Y esto nos lleva a una pregunta incómoda. ¿Qué ocurre cuando una empresa empieza a considerar que tener acceso directo al presidente puede ser tan importante como tener un buen departamento de investigación, una red comercial eficiente o un producto competitivo? La respuesta es bastante sencilla: el acceso al poder comienza a convertirse en un activo económico. Y si eso sucede de manera generalizada, el capitalismo empieza a incorporar una nueva partida presupuestaria. Innovación. Expansión. Marketing. Investigación. Y, naturalmente: “¿Conocemos a alguien en la Casa Blanca?” No es un fenómeno exclusivamente estadounidense. Las empresas llevan décadas intentando influir sobre los gobiernos. Bruselas tiene sus ejércitos de lobistas y China ofrece otro modelo, en el que la frontera entre poder político y poder económico tampoco destaca precisamente por su grosor. Lo peculiar del trumpismo es la concentración. El intermediario desaparece. El presidente ocupa el centro. Y el capitalismo descubre que quizá, además de fabricar cosas, venderlas y ganar dinero, también conviene saber quién tiene el teléfono del presidente. Milei y el experimento argentino Si Trump está modificando la relación entre el poder político y el dinero, Javier Milei ha decidido hacer algo bastante más incómodo: poner a prueba la relación entre el Estado y las matemáticas. Argentina llevaba décadas demostrando que se puede gastar más de lo que se tiene, financiar la diferencia emitiendo dinero y después sorprenderse porque los precios suben. Era casi una tradición nacional. Milei llegó dispuesto a romperla. El tratamiento elegido no fue precisamente homeopático. Recorte del gasto, reducción del déficit, eliminación de subsidios, disciplina monetaria y una sucesión de medidas destinadas a recuperar algo que Argentina había perdido hacía tiempo: la confianza en su propia moneda y en la capacidad del Estado para no gastar eternamente más de lo que ingresa. Los primeros resultados han sido llamativos. La inflación ha descendido de los niveles extraordinarios que habían convertido la economía argentina en una carrera permanente contra los precios. Las cuentas públicas han mejorado y el país ha recuperado parte de la confianza perdida en los mercados. Pero aquí conviene hacer una pausa. Porque existe una pequeña costumbre periodística que consiste en declarar vencedor al entrenador cuando su equipo marca dos goles en el primer cuarto de hora. La economía no funciona exactamente así. Argentina todavía tiene problemas importantes. La deuda continúa siendo elevada. La economía debe demostrar que puede crecer de manera sostenida. Los salarios tienen que recuperar capacidad adquisitiva. El empleo y la inversión deben acompañar la estabilización. Y queda una cuestión especialmente delicada: el tipo de cambio. Una moneda que se estabiliza demasiado rápidamente puede terminar convirtiéndose en una moneda cara. Y una moneda cara puede hacer que exportar resulte cada vez más difícil. La economía tiene esas pequeñas bromas. Uno consigue que la moneda deje de hundirse y, unos meses después, tiene que preocuparse de que no se vuelva demasiado fuerte. Dos caminos y una misma pregunta Trump y Milei representan dos experimentos diferentes. Trump parece estar llevando al extremo una vieja relación entre capitalismo y poder político: quien tiene acceso al poder obtiene una ventaja económica. Milei intenta recorrer el camino contrario: reducir la capacidad del Estado para alterar artificialmente los precios, financiarse mediante déficit y utilizar la emisión monetaria como solución recurrente a sus problemas. Uno acerca el poder político al mundo empresarial. El otro intenta retirar al Estado de una parte del territorio económico que ocupaba. Y ambos procesos tienen consecuencias que van mucho más allá de sus protagonistas. Porque la verdadera cuestión no es si Trump es un buen o mal presidente, ni si Milei es un buen o mal economista. La cuestión interesante es otra: ¿qué modelo económico terminarán dejando detrás? Si el acceso directo al poder político se convierte en una ventaja empresarial permanente, las compañías podrían acabar dedicando una parte creciente de sus recursos no solo a competir en el mercado, sino también a competir por la atención de quienes regulan ese mercado. Y si el experimento argentino consigue consolidarse, podría demostrar que una economía acostumbrada durante décadas a la inflación puede recuperar estabilidad sin recurrir nuevamente a las viejas recetas. En ambos casos estamos contemplando algo más interesante que una simple batalla ideológica. Estamos viendo experimentos en tiempo real sobre la relación entre dinero, poder y Estado. Y quizá esa sea la verdadera noticia. Porque el capitalismo siempre ha tenido reglas. Lo que ocurre es que, de vez en cuando, aparece alguien dispuesto a comprobar cuánto cuesta cambiarlas. Y, por lo que estamos viendo, la factura puede ser bastante elevada.

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